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Blog de Juan Carlos Luna

Cuando yo era pequeño las cosas parecían más sencillas, no sólo porque mi concepción del mundo se limitaba a encontrar como pasar el día en el pequeño departamento en el que vivíamos, o esperar a salir de clases sin visitar a la directora. La información que proporcionaban los medios de comunicación me parecía sencilla y hasta escasa. Nada de que preocuparse. La vida era práctica y cada cosa tenía su nombre. Así pues, mis zapatos eran sólo eso: zapatos. No me preocupaba si eran huaraches, tenis, mocasines, si eran de charol, de ante, de piel. Sólo eran mis zapatos. Nada más. Así pues un policía era un policía, un coche un coche etc.
Sin embargo, actualmente parece ser que la tendencia es complicar las palabras que denominan un objeto o una persona. En parte por que nuestro idioma se ve invadido por palabras de otro país, o porque algunas personas piensan que es necesario mejorar nuestra forma de hablar. Así entonces, ya no me puedo referir a alguien como “viejito” por muchos años que esa persona lleve encima. Y lo más curioso del asunto es la evolución que se ha dado para denominar a alguien ya entrado en años. De “viejito” pasó a “gente de la tercera edad”, ya después eran adultos mayores, y actualmente son “adultos en plenitud”. Estoy de acuerdo que alguien con muchos años vividos merece todo nuestro respeto y admiración (y en algunos casos paciencia) pero no veo nada de malo en usar la palabra viejo como adjetivo para una persona. Las palabras no les van a dar el lugar que merecen, sino el trato que les demos. Por cierto, extraño mucho a mi abuelita.

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